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Entrevistamos a Gustavo Machado

Publicado el 24 de mayo de 2024

Escrito por Murcia Cohousing

Docente de la Universidad de la República de Uruguay

Gustavo Machado Macellaro es docente en el área de Teoría y Metodología del Trabajo Social en la Licenciatura de Trabajo Social y de Cooperativismo de Vivienda en la Universidad de la República de Uruguay.

Visita estos meses España en un viaje de investigación sobre  vivienda colaborativa. Durante este tiempo se le ha podido ver en numerosas jornadas y charlas sobre los diferentes aspectos del cohousing en Uruguay. Su país natal es uno de los que tienen mayor implantación del cooperativismo de vivienda en el mundo. Alrededor del cinco por ciento de su parque de vivienda está adscrito al modelo de vivienda colaborativa.

Su larga tradición de cohousing, completamente normalizado y establecido en la sociedad, puede servir de faro a proyectos en ciernes como es la experiencia española, todavía con mucho camino por recorrer.

Hemos aprovechado su visita a España para charlar con él y conocer un poco más sobre la experiencia uruguaya.

Edificio patrimonial rehabilitado

¿A qué se debe que Uruguay haya llegado a este punto de extensión del cohousing?

Uruguay es un país muy pequeño, sobre todo de producción agrícola. Vivimos del campo a pesar de que la mayoría vivimos en la ciudad. Vendemos alimentos, fundamentalmente, y lana, cuero.

Mis abuelos, mis bisabuelos, sobre todo, que llegaron de España, de Italia, tenían mucha prosperidad. Uruguay, durante todo el periodo entreguerras, tuvo mucha prosperidad porque producíamos para países que en aquel momento no podían. Eso hizo que esas generaciones pudieran llegar a la vivienda sin problemas. Fue una generación de propietarios, pero la crisis que vivimos en los años sesenta cambió las cosas y el acceso a la vivienda se complicó.

Y ahí es que el Parlamento empieza a discutir una ley de vivienda. No por los trabajadores, sino porque los empresarios de la construcción, que construían mucho con fondos del Estado, no podían construir porque el país estaba en crisis y no había un peso. Entonces promovieron el Fondo de Vivienda y para el año 1968 la iniciativa fue abrazada por los sindicatos de trabajadores y aquello impulsó el inicio de muchas cooperativas.

Es decir, la acción pública es fundamental

Completamente fundamental. De otra forma no existiría el derecho a la vivienda, ¿no? En toda Constitución aparece como un derecho básico y dice que es el Estado el que debe garantizar el acceso de una forma decorosa a una vivienda.

El punto más importante quizás sea que es una política pública sólida, que aporta seguridad y estabilidad, y que la calidad de la respuesta de las cooperativas es muy buena. La gente se vuelca con el modelo, porque también eso le asegura una vivienda de calidad en un espacio cuidado, acompañado también de calidad de vida. Las cooperativas tienen eso, [es un tema] más allá de la vivienda.

Pero lo principal para que Uruguay tenga estas cifras es la financiación pública; quien forma una cooperativa tiene certeza de que va a construir, y por tanto, la exigencia para ingresar a una cooperativa es más baja.

Existen dos modalidades de aporte de las personas para una cooperativa y eso también es parte de la particularidad uruguaya. Una se llama de «ahorro previo«, en la que la cooperativa tiene que aportar el 15% de valor de la vivienda, y el 85% restante es fondo público en forma de préstamo, préstamo a 25 años con el 2% de interés.

La otra modalidad, que es la más extendida, se llama «ayuda mutua«, en la que las cooperativas aportan mano de obra en la construcción. Entonces, ese 15% que con el «ahorro previo» se aporta en plata [dinero], en la ayuda mutua la aportan en trabajo, se integran a la obra como peones, como mano de obra no calificada, contratan a mano de obra calificada y eso asegura que cualquier trabajador con bajos ingresos puede administrar una cooperativa.

Además, el tope del importe de la cuota mensual es de un 25% de los ingresos líquidos, por lo que se asegura que la gente pueda pagar su cuota.

Cooperativa de ayuda mutua

El cooperativismo sobrevivió a la dictadura de los años setenta

El 7 de junio del 70 tuvimos una dictadura cívico militar que, bueno, instauró el neoliberalismo, como pasó en toda América Latina.

¿Pero qué le pasó al movimiento cooperativo? Era tan nuevo que ni los militares lo tocaron mucho. O sea, cerraron los sindicatos, prohibieron los partidos políticos. Bueno, como todas las dictaduras. Lo único que cambiaron al movimiento cooperativo fue la «U» de FUCVAM (Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua): durante esa época la «U» era de «Unificadora», y con la restauración de la democracia volvió a ser «Uruguaya», ese fue el único cambio.

La ley establece que las cooperativas tienen que tener asambleas. Entonces ¿qué pasó? El movimiento popular estaba todo proscrito, perseguido, encarcelado, pero las cooperativas se seguían juntando. Se convirtieron en un espacio de resistencia fundamental. Eso hizo que el movimiento cooperativo creciera de una manera importantísima, porque ni había sindicato ni partidos; no había nada. Yo creo que las cooperativas y las iglesias eran los únicos espacios donde uno se podía juntar sin que fuera sospechoso.

¿Una dependencia excesiva de lo público no complica la autogestión de la cooperativa?

Por un lado sí, claro, pero la experiencia colectiva ha demostrado que la unión fortalece los movimientos.

Durante la pandemia y el inicio del gobierno de la coalición de centro derecha en 2020, el Ministerio de Vivienda perdió buena parte de su presupuesto ya que el nuevo encargado no tenía experiencia en el sector.

Sin embargo, desde 2022 se han alcanzado niveles similares a las épocas de gobiernos progresistas anteriores, o sea, que ganamos el pulso.

¿Qué ocurre en caso de impago?

Bueno, existe un fondo de socorro que es para justamente prever estas situaciones. Aparte está el subsidio del Estado.

Una familia, o un cooperativista, puede hacer una declaración de que no tiene ingresos, y la cooperativa cubre ese momento entre que se estudia la propuesta y se subsidia. Antes eran las cooperativas las que se hacían cargo.

Si existe un abuso, claro, la cooperativa puede expulsar al socio, con una votación de dos tercios de la asamblea, por lo que ha de estar muy justificado, pero puede darse la situación. No solo se producen [las expulsiones] por impagos, no exclusivamente; también se ha expulsado a personas por temas de violencia, por ejemplo. Se cobran las deudas primero y la cooperativa se queda con una parte del capital social y devuelve al resto.

¿Qué diferencias ve con la situación del cooperativismo en España?

Primero, el tema del financiamiento público, pero también el acceso al suelo. Es la diferencia más importante. En esos puntos se encuentra la mayor dificultad para que se desarrolle en España.

También creo que este movimiento cooperativo, el de Uruguay, es de otro siglo, es de otra época, y el de España ha incorporado preocupaciones que para mí son muy interesantes, que tienen que ver ahí con los cuidados, con el ambiente, con el concepto de sostenibilidad del proyecto, con los temas de género, que también me parece muy interesante.

Después, creo que en España hay mucha generosidad en los cooperativistas renunciando a espacios individuales para priorizar los comunitarios. Están dispuestos a que su vivienda sea más chica para tener más espacios comunes. 

¿Existe algún punto negativo de la experiencia uruguaya que podamos tratar de no cometer aquí?

La experiencia de cooperativa es tan intensa hacia adentro que termina siendo muy endógena. Marca bordes con el resto de la ciudad. Se mira mucho para adentro y a veces tiende a no mirar hacia afuera, hacia los problemas de más allá, y eso es un problema. A los inmuebles más grandes, o las urbanizaciones con terreno les suele ocurrir: tienen todos los servicios que necesitan dentro de la misma cooperativa, y se van creando islas en las ciudades. 

¿Existe el concepto de cohousing temporal? Algo así como residencias temporales, para pasar uno o dos años.

Siempre he tenido la idea de que sería interesante hacer una cooperativa para estudiantes, por ejemplo. En Montevideo vivimos la mitad de la población y tenemos la mayor parte de las carreras universitarias allí, por lo que tendría sentido. 

¿Cómo se entiende el cooperativismo en Uruguay, teniendo tanto recorrido?

La cooperativa en la que vive mi madre pertenece a una comunidad, a cinco cooperativas que se construyeron juntas, se llama Nuevo Amanecer. Cuando definían el nombre, que lo votaron entre todos, lo decidieron porque tenían la idea de que había una sociedad distinta que tenía que venir, y el cooperativismo iba a aportar ese cambio.

Creo que hay un componente de idealización que es imprescindible para que la experiencia transforme a las personas; tiene que haber un componente utópico que te marque, como dice el autor uruguayo Eduardo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

La experiencia de Gustavo Machado y de Uruguay, en general, han de servir de faro al resto del mundo para tratar de asimilar conceptos que, si bien en España estamos todavía intentando aprender, en Uruguay van más allá de un cambio consciente en materia de vivienda, porque ya son una realidad asentada, fuerte y establecida en el ideario colectivo.

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