Las redes sociales producen corazones solitarios. Si solo se publican las mejores comidas, las fiestas, los éxitos ..., terminas pensando que todo el mundo es muy feliz, y terminas preguntándote ¿qué pasa conmigo?, ¿por qué yo no…?
Internet ha reemplazado al bar. La gente se conoce online. Pasamos mucho tiempo en la pantalla y poco saliendo y conociéndonos. Cada día parece que estemos más cerca del panorama que muestra la película Her, donde la inteligencia artificial parece llenar hasta tal punto nuestras expectativas que, sólo cuando desaparece, nos encontramos con nuestra profunda necesidad humana de entablar relaciones personales.
Hemos creado un mundo en el que adoramos nuestra individualidad, nuestros logros, aunque eso mismo nos haya llevado a la soledad y al consumo compulsivo para intentar llenar el vacío existencial que nos genera, como seres humanos y sociables, ese estilo de vida.
Hemos llenado nuestra cotidianidad de juguetes para hacer nuestra vida más fácil, sin llegar a percibir, muchas veces, que nos hacen adictos, nos hacen infelices, a la vez que nos separan de las personas con las que compartimos espacios.
Y es que esos espacios están pensados para los individuos, y poco para las comunidades humanas que formamos.
Eric Klinenberg, sociólogo estadounidense, afirma en una entrevista que los espacios públicos son tan vitales como las carreteras, porque permiten que las personas se encuentren, porque dan forma a nuestra capacidad de relacionarnos y de crear una sociedad abierta y democrática. Son lugares para que esto suceda.
Sin embargo, en los años ochenta la rentabilidad económica se puso por delante del bien público y, como consecuencia, se descuidaron los espacios para el encuentro, con el resultado de desunir a la gente. Hoy más personas que nunca viven solas y mueren solas. Y esto ocurre porque no somos conscientes de que nuestra independencia y libertad sólo son posibles gracias a la interdependencia.

Los espacios en las viviendas colaborativas
En las viviendas colaborativas esto lo tenemos claro. Tanto es así que sus diseños se hacen con la participación de las personas que los van a habitar como comunidad, dedicando especial atención a los espacios de encuentro, de conexión, de compartir, …
La arquitectura y los espacios nos ayudan a crear el mundo que queremos construir, lugares para las personas. Personas con las que convivir, aunque tengamos desacuerdos o conflictos, y no siempre todo sea armonía.
Personas con las que aprendemos que ‘una persona que no piensa como nosotros no es un enemigo, sino una persona con libertad para pensar y elegir. Con la que podemos pararnos y hablar. Y como resultado de compartir espacios respetando ideas diferentes se aleja el conflicto. Porque aunque hablemos idiomas distintos y votemos a partidos opuestos, amamos a nuestros hijos, velamos por su futuro y esa es la clave que nos permite trabajar lo común.’ (Eric Klinenberg).
Hoy sabemos que ‘de la mayoría de los problemas que atravesamos como sociedad sólo vamos a poder salir juntos. O encontramos cómo hacerlo juntos o no saldremos.’ (Eric Klinenberg).

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